jueves, 24 de marzo de 2011

Leyendo los prospectos

A modo de comprender (de comprendernos) sabemos que en el fondo de todo lo que hacemos nos reconfortamos en el cojín de nuestra razón.

¡Qué pena! porque de hacerlo en el de los sentimientos el mundo y sus personitas irían, o mejor dicho, sentirían ir por un camino un poco más ameno, otro poco menos ambicioso y algo más original.

Sentirse un hijo de su madre (algo que no le pasa a cualquiera, tampoco a mi gracias a la existencia) es algo que pone más de una risita en ciertas caras sin contar las recurrentes gesticulaciones que esas caras exponen al responder simples preguntas:


-¿Estás bien? –pregunta el simple.

-(Gesto ácido) –responde el rebuscado.


¡Qué grata gente! ¡qué deleite para quienes vamos aprendiendo a decodificar las actitudes de estas personas que día a día se nos acercan! Y así a la par es de vital importancia hacerse cargo de por qué uno las atrae.

¿Por qué a uno le hablan de ciertos defectos mentales cuando no se está ni cerca de diagnosticar?

Gestos de pobreza mental ¿quizás? Si, mejor preguntar que afirmar. Aunque ahí en el final de nuestra conciencia encontramos la respuesta que nos imprime el más allá a falta de poder corroborar con algunos de estos personajes la supuesta realidad.

À votre santé.